Clever, Boni y Pull

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Cuentos, Cuentos de hijos a padres
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Clever, Boni y Pull

Cuentos para que los hijos cuenten a sus padres

Reflexiones con niños. Ruth Cabrito García. 2017

 

Clever, Boni y Pull eran tres gorriones de ciudad. Desde el amanecer hasta el atardecer sus días transcurrían en un ajetreado volar, buscar comida, disfrutar del sol y jugar. La vida de un gorrión no era una mala vida salvo los días de viento y lluvia que complicaban un poco las actividades cotidianas de los pequeños gorriones. Estos días ventosos eran más duros para Pull, que era el más pequeño y delgadito de los tres. No solo suponían una lucha contra los elementos climatológicos sino también contra la frustración de querer volar en una dirección y acabar empujado por el viento hacia un lugar no buscado.

 

En una de esas incursiones no planeadas, Pull terminó en la rama de un albaricoquero pelado. Era Diciembre, aún quedaban dos semanas para Navidad, pero el viejo árbol solo conservaba en sus ramas media docena de débiles hojas a punto de caer sobre la alfombra amarilla en la que se había convertido el césped del jardín.

 

Pull, a medio camino entre el enfado porque no acababa de acostumbrarse al capricho juguetón del viento y la resignación, trataba de disfrutar del columpio inesperado en el que se había convertido la rama del albaricoquero en la que estaba posado. Desde lo más alto del árbol y mientras esperaba la llegada rescatadora de Clever y Boni, contempló como un pequeño conejo, jugaba alegre y despreocupado entre las amarillas hojas del suelo.

 

-¡Vaya, si hay un conejo en este jardín, habrá grano tierno por algún lado¡- pensó Pull relamiendo su pico con la puntita de su pequeña lengua. A veces no está mal esto de dejar que el viento te lleve- trató de consolarse ante la permanente frustración que le suponía ser un gorrioncillo enclenque.

 

En apenas un par de minutos llegaron Clever y Boni. Boni a diferencia de Pull era gordito y confiado. Y Clever que era un poco mayor que sus amigos, era el más sagaz de los tres. Los tres eran un trío de amigos indestructible. Su lema, el que repetían todas las mañanas nada más despertar no podía ser otro que “A la búsqueda de grano, unidos como hermanos”. Siempre estaban juntos y juntos corrían todas las aventuras que el día les deparaba. Por la noche, en ese lugar donde duermen los pájaros de ciudad y que ningún humano conoce, dormían acurrucados dándose calor.

 

Dispuestos a buscar el grano por todo el jardín, trataron de encontrar la jaula del conejo. No parecía un conejo agresivo pero de los conejos uno no se podía fiar –pensaba Pull. Nadie sabe realmente por qué, pero un conejo puede dejarse llevar por su curiosidad hasta el límite del riesgo o empezar a dar vueltas como un loco huyendo de vete tú a saber qué. No, no son de fiar–seguía Pull reforzando sus sólidas opiniones sobre cómo eran los conejos.

 

Clever sabía que en cuanto el conejo notara su presencia huiría y ellos podrían acercarse a su jaula a robar algunos granitos de ese pienso que los hombres de ciudad utilizan para alimentar a sus conejos mascotas. Pero, contra todo pronóstico, en cuanto el conejo escuchó el batir de las alas de los pájaros, salió escopetado hacia su jaula y allí se parapetó esperando la llegada de los ladrones voladores.

 

-Este conejo parece de los listos. Pero este jardín es un lugar seguro de comida, habrá que esperar con paciencia y llegado el caso, a lo mejor se aviene a negociar- les dijo Clever a Pull y Boni.

 

-Hay que tener cuidado. Los conejos no comen pájaros, pero están muy locos-dijo inquieto y temeroso Pull.

 

-Bahhh. Solo es cuestión de hacerle el lío para que salga y poder entrar a por el grano a su comedero – dijo Boni siempre seguro de sus estrategias embaucadoras.

 

Repentinamente, una puerta se abrió y un niño salió al jardín llamando al conejo. El conejo ni se inmutó. Continuaba haciendo guardia en su jaula. Estaba claro que Clever, Boni y Pull no eran los primeros pájaros en ese jardín y este conejo estaba muy escarmentado.

 

Oyeron como el niño llamaba insistentemente al conejo que no quería salir. El niño acarició al conejo y esparció semillitas de la comida del conejo por encima de la mesa del jardín y volvió a entrar en la casa.

 

-Jajajaja. Comida gratis y sin riesgo – grito un alegre Boni.

 

-¡Cuidado chicos¡ ¿A qué viene que un humano esparza comida encima de una mesa? No parece que lo haya hecho para hacer salir al conejo de la jaula. Nos quiere cazar, seguro.-dijo un exaltado Pull.

 

-¿Que te hace pensar que nos quiera cazar? Solo es un niño -dijo Clever tratando de tranquilizar a su amigo.

 

-Siempre estas con lo mismo Pull. ¿Dónde ves el riesgo? La técnica no falla: tomamos posición, observamos, volamos con rapidez a la mesa, pillamos el grano y nos volvemos a la rama y así grano a grano- habló Boni impaciente por hacerse con tan suculento manjar.

 

– ¿Entonces, por qué ha esparcido comida en la mesa? ¿Qué humano hace eso tan generosamente?-contesto contrariado Pull.

 

-Pues a lo mejor, solo quiere darnos grano porque sabe que hay muchos pájaros en la ciudad que necesitamos alimento. Puede que nos haya visto y se haya apiado de nosotros porque empieza el frio. O a lo mejor, simplemente le encanta ver pájaros en su jardín y nos atrae con el grano- le contestó Clever.

 

-Pull, siempre estas con eso de que el viento te trae y te lleva a su antojo. Pero yo creo que no es por tu falta de peso sino por tu exceso de desconfianza. No es el viento el que te impide volar en la dirección que quieres, sino lo desconfiado que eres, en primer lugar, contigo mismo, en tus capacidades para ser más listo que el viento –le dijo Boni.

 

Pull miró a su amigo con cierto desdén. Era muy fácil para la bolilla volante de Boni sortear los aires con su peso. Si fuera tan delgado como él, sabría lo que es luchar contra el viento. Pero al mismo tiempo algo le hizo callar ante el comentario de Boni.

 

Pull empezó ha hablar de como los pájaros mayores siempre vaticinan lo malo que puede pasar. Había visto tantas veces que, cuando un pájaro mayor le dice a uno pequeño que se va a caer de una rama, el pequeño pájaro se cae. Si ellos dicen que un pájaro pequeño no conseguirá cazar una lombriz antes de que se meta de nuevo en la tierra, el pájaro pequeño no llega a tiempo a cazar la lombriz. Cuándo los mayores anticipan que un pájaro pequeño no podrá ganar en una competición de pájaros, los otros pájaros ganan. Todas las predicciones catastróficas de los pájaros grandes siempre se cumplen. Y los pájaros mayores siempre hablan mal de los humanos.

 

-¡Bahhh, Pájaros perdedores¡ Esos son a los que les pesan las plumas y como no pueden, creen que los demás tampoco podrán. Además no serán tan listos los humanos cuando somos nosotros los que nos comemos el grano que plantan en sus huertos y jardines. Piensa que nosotros podemos volar y los humanos no, ¡Que nos traten de coger¡- dijo Boni al tiempo que lanzaba un guiño a su amigo.

 

Ante la conversación de sus amigos, Clever intervino.

 

-No es eso, no son perdedores Boni. Los pájaros mayores tratan de protegernos de los peligros, solo que a veces no se expresan bien. Muchas veces nos dicen que hemos de tener miedo cuando nos quieren decir que seamos prudentes, otras que no nos arriesguemos cuando en realidad lo que quieren decir es que midamos los riesgos antes de actuar y otras veces parece que nos dicen que no lo vamos a conseguir cuando en realidad lo que quieren decirnos es que habrá nuevas oportunidades si no lo conseguimos tras intentarlo.

 

-Mira Pull-ito – dijo un Boni sobrado de confianza que en un periquete había volado y vuelto de la mesa a la rama con dos granos en su pico. Deja en paz al viento, al conejo, al niño y a los pájaros mayores y disfruta de este granito, que ahora te toca ir a ti. Y quiero ese grano gordo que está en la esquina ¿lo ves?